jueves, 3 de septiembre de 2009

La extraña soledad


Algo tiene Septiembre que me nace la nostalgia. A lo mejor es que el cuerpo se acostumbró a que era por estas fechas por las que se acababa lo bueno y había que volver al colegio y ahora me lo recuerda aunque esos tiempos quedaron atrás hace mucho.

Pero lo ahora echo de menos no es mi libertad, sino a la gente con la que crecí. Los mejores siguen por ahí. Nos vemos una vez cada mes o cada dos meses, cuando el trabajo y los demás deberes de la vida adulta les deja pasar por aquí unos días y pueden encontrar un momento para avisar.

Pero todos los demás no están, han desaparecido por completo. Te los encuentras una vez cada diez años de casualidad. Siempre están por aquí de visita rápida, tal vez porque hay algún problema familiar, así que encima están agobiados. No tuvisteis una relación tan profunda como para que os podáis recriminar que nunca os llamáis. Están lejos, donde les ha llevado su trabajo, ese que no pudieron encontrar aquí. Les gustaría volver, pero ya han formado una familia y está arraigada allí. Os decís que hay que quedar un día, a ver si la próxima vez. Y desaparecen otra vez.

Si sabéis de lo que estoy hablando es porque vosotros también vivís en León. Si no, intentaré explicarlo.

Publica un periódico local que el paro ha bajado en la Provincia de León. La estadística solo recoge una de las mitades de la historia, que hay menos gente apuntada en el paro. Los "agentes sociales" son cautos, pero optimistas. Pero nosotros sabemos la verdad. Aquí el paro no baja porque se genere empleo. Lo hace por abandono.

La mayoría de nosotros tiene que irse, arrojar la toalla tras muchos años de esfuerzo en la sombra, de malvivir con un salario miserable y encadenando trabajos poco satisfactorios. De presentar un currículo de Ingeniero, Abogado, Médico, Historiador, Restaurador, Musicólogo... y de que le digan que es una pena, que de albañil hay el trabajo que quieras. O de presentar tu curriculum de Oficial de Primera Albañil y de que te digan que si no te importa trabajar de peón doce horas y cobrando la mitad...
Al final la necesidad de vivir, de poder formar una familia y dejar de mangonear a tus padres acaba imponiéndose al amor a la tierra, y se acaba tomando el camino de Madrid. Y de ahí al mundo.

Este es el síntoma de nuestro fracaso como sociedad, el auténtico baremo con el que hemos de medirnos. Tengo 35 años y he perdido casi por completo tres grupos de amigos a los que la vida les ha llevado lejos. Todos se han ido, todos. Y con ellos los demás, los que no son amigos pero ves de vea en cuando, te los encuentras por la calle y tomas un vino y pones a parir a la parienta (o al pariente). Los que naturalmente ahora serían tus clientes y tus proveedores. La gente de fondo de tu vida.

Cuando te digan que todo va mejor aquí, donde no importan crisis ni bonanzas, mira a tu alrededor y pregúntate ¿dónde están mis amigos? ¿dónde están mis hijos? ¿dónde están mis nietos? Cuando mires y estén ahí, entonces créelo. Si no los encuentras es que alguien te está mintiendo.

En cuanto a mí, ni siquiera llegados los idus de Septiembre, me pregunto ¿podré hacerlo una vez más? ¿Podré encontrar buenos amigos para compartir el día a día, con lo raro que es eso y los que he perdido ya? ¿Merece la pena, podré soportarlo, si todos acabarán marchándose?

Tal vez lo mejor sea simplemente seguir viendo de vez en cuando a los exiliados, cuando todos podamos, y disfrutar de esos momentos.

Y el resto del tiempo...

Acostumbrarse a esta extraña soledad.

 
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